
En las orillas de un sueño viajo
tan sólo para encontrarme contigo
(Elicura Chihuailaf)
¡Hay que despertar!- pensó mientras dormía acurrucado en el colchón de hojas que había construido hace unas horas. Despojándose de las mantas que le tapaban la cara, y se incorporó con esfuerzo, estirando los brazos hacia los lados. Uno, o dos huesos se acomodaron mientras llenaba sus pulmones con ese aire gustoso a barro de aquellas mañanas, únicas y solitarias que había descubierto hace tan poco. Aún no habría los ojos, y aun así la luz se colaba en sus parpados, dejándolo inserto en un universo rojizo. De pronto, lentamente en ese universo, un punto, una imagen se paró en medio, y poco a poco se volvió más nítida. Una mujer de aspecto tranquilo y profundo esta ahí, en medio de su mirada, observandolo con calma y con obstinada invasión. Extrañado, permaneció curioso por saber qué haría, la recorrió despacio a pesar de la distancia que parecía existir, y ambos se quedaron en silencio. La mujer, de mirada miel, tenía ese aroma de libertad, esa sensación de infinito que ocurre solo al mirar las estrellas. Ella, le mostró lo imposible y abriendo sus alas lo invitó a volar.
Un suspiro salió con fuerza al mismo tiempo en que abrió los ojos para buscarla en la habitación. El olor a libertad se quedó impregnado allí; incluso sus manos, toda su piel; su boca mezclaba un sabor a miel, sol y libertad. Cerró los ojos desesperado por encontrarla de nuevo, pero solo halló sus parpados abandonados. Inquieto, la buscó durante varias horas, hasta que se percató de algunos cosquilleos en la nuca. Sutiles roces de algo desconocido le hacían cosquillas en todas partes. Al observarse, se vio repleto de mariposas posadas en él. Recordó entonces, las alas de la mujer, de tonos azulados o tal vez verdes. Mariposa-pensó admirado- tenía alas de mariposa.
El día siguiente llegó tardío, por lo que despertó cuando aún las estrellas no se opacaban en el cielo, y empezó a trabajar, a imaginar. Él necesitaba volar, el olor a libertad ya era insoportable, como para evitar lanzarse por la ventana y de una buena vez, flotar. Cosió una a una las hojas de su colchón hasta lograr una figura cónica, se metió en ella envuelto en hilo de seda y esperó. Esperó noches eternas y días prometedores, hasta que al fin, drogado y asfixiado más que nunca por las ganas de llorar al sentir que lo que hacía había sido una locura, rompió su nido y absolutamente fuera de sí, corrió hacia la ventana con los ojos cerrados, e inmerso en su mundo enrojecido, se arrojó al vació, apenas sintiendo una incomodidad en la espalda abriéndose de par en par.




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